viernes, 22 de julio de 2011

The king

No todo en la vida es fotografía y arquitectura, también hay tiempo para el Rey que ayer estuvo en Donostia y pude verle por primera vez y me temo que por última.......

Not all in life is photography and architecture, there´s time also to enjoy with The King who visit us yesterday night here in San Sebastian (Spain) in a magic concert at the Zurriola beach. This concert was the first time I did enjoy his music in live, and maybe the last time.

B. B. King calienta la playa

El incombustible 'rey del blues' inaugura a los 85 años el Festival de Jazz de San Sebastián en un concierto gratuito ante decenas de miles de personas

MANUEL CUÉLLAR - San Sebastián - 22/07/2011
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Con una puntualidad casi británica, los ocho miembros de la banda que acompaña a B. B. King durante su gira subieron ayer al escenario. Eran las 21:30, como estaba previsto en el programa para arrancar la 46ª edición del Heineken Jazzaldia. Cogieron sus instrumentos y empezaron a juguetear. Entre ellos. Ahora con solos vertiginosos, ahora con fraseos en el que el piano respondía a la guitarra y el saxo al piano, empeñados en que el río Urumea llegase a tener aroma del Misisipi. Y lo consiguieron. Pero, ¿dónde estaba el rey del blues? Pasaban y pasaban los minutos y King no aparecía mientras un guitarra, un bajo, un baterista, un teclista y una sección de viento formada por cuatro miembros bordaban una larga, muy larga introducción.
Unos 25 minutos después, desde el fondo del escenario apareció el genio, cojeando ostensiblemente y ayudado por dos personas, hasta que se sentó en una silla en la embocadura de las tablas, delante de una playa de la Zurriola abarrotada como en un día de sol.
B. B. King se sienta, se cuelga su guitarra y dice buenas noches. Entonces, como si fuera un ancianito que da de comer a las palomas, comienza a tirar docenas de púas de guitarra al público. "Tengo 85 años", dice, "pero los disfruto muchísimo porque vosotros me hacéis feliz". Y ahí comienza el espectáculo. El rey toca la guitarra y es imposible no concentrarse en ella. Hace tres, cuatro filigranas y nadie diría que el músico que está tocando tuviera 85 años. Hoy B. B. King está juguetón. Comienza a presentar a los miembros de su banda y les pregunta sus nombres. "Me he olvidado de cómo te llamas, es lo que pasa cuando llegas a mi edad", le dice al teclista sonriendo.
Vuelve a mirar al público y, siempre sentado, simula un extraño baile y dice: "Esta noche vamos a mover las caderas". Y dicho y hecho. Los siguientes minutos transcurren con B. B. King acariciando a su guitarra y haciéndola cantar para que acompañe a su voz ronca, negra y sensual.
Público entregado
El público se entregó casi desde el primer minuto, desde el fondo de la playa, desde las terrazas del Kursaal, sentados en las barandillas, cualquier lugar era bueno para dejarse llevar por temas como Rock me babyI need you so o Everyday I have the blues. Ayer se pudo comprobar que solo pasan los años por el cuerpo de B. B. King, no por su alma. Además, pese a amenazar casi todo el día con lluvia y viento, los dioses fueron buenos con el músico y no cayó una gota.
Y es que a pocas horas del comienzo de esta nueva cita con el festival de jazz de San Sebastián había tres cuestiones flotando en el ambiente de una ciudad que se vuelca durante cinco días con la buena música. Primero, si llovería en el concierto de King como ya ocurrió el año pasado durante la actuación de la estadounidense Patti Smith; segundo, si se alcanzaría el número de 40.000 asistentes que con mucha generosidad había calculado la organización del festival y, tercero, cómo estaría el octogenario amante de una guitarra llamada Lucille para enfrentar el concierto.
Las respuestas las tenía el que más sabía de todo esto, el director del festival, Miguel Martín: "Nosotros nos habíamos hecho una idea muy aproximada de cómo podía ser su concierto aquí en San Sebastián viendo la grabación de su actuación en el último festival de Glastonbury. Como hace seis o siete años, cuando visitó Donosti por última vez, sigue tocando sentado. Le hemos visto más o menos igual que entonces".
Para despejar las otras dos incógnitas, hubo que condensarlas en una sola. El tiempo. Durante la mañana, la capital donostirarra sufrió chubascos intermitentes y hasta algún episodio de insistente chirimiri, lo que probablemente se convirtió en un enemigo muy persuasivo para que el público acudiera en masa a la cita.
Sin embargo, con una sensación de frío de unos 10 grados al borde del mar Cantábrico, frente a los cubos del Kursaal, un nutrido manto humano comenzó a calentarse desde los primeros acordes. Los dioses del tiempo habían decidido ser clementes. Los de la música, también. En Donosti se ofrecen conciertos gratuitos, diarios, de calidad, con una programación en la que se mezclan, en la medida de lo posible, una gran variedad de estilos musicales para convertir su propuesta festivalera no solo en una de las más amables del verano, sino también en una de las más cosmopolitas.