martes, 27 de enero de 2015

Lo que fue, lo que pudo ser....

A veces confundimos mejorar, progresar, con destruir. Hoy pasaba cerca de una cafetería emblemática de San Sebastián, llevaba varias semanas cerrada y con movimiento de obras, de reforma. Hoy he visto abierto de nuevo este café, La Unión Artesana, y me he acercado a ver qué había pasado. Para mi desilusión y casi enfado, aquel café se ha convertido en un "bar de polideportivo". No niego que le hiciese falta una mano de pintura, incluso una reforma, pero poniendo en valor lo que había, manteniendo la atmósfera de otros tiempos actualizándola, respetando su esencia y lo que significaba este local para la parte vieja de la ciudad donostiarra. Se han desecho de todo el mobiliario, de mesas de madera (algunas aún conservaban los ceniceros de latón incrustados en las esquinas para que los jugadores de Mus no dejasen caer la ceniza al suelo), de las sillas, sencillas, pero con historia, de los radiadores de hierro adosados a los pilares...etc. Es verdad, como digo, que le hacía falta una reforma, pero no esta. Por eliminar, han eliminado hasta la larga barra de madera donde se habrán servido miles de cafés, millones de cañas, de vinos, de licores y de historias. Y todo, para crear un ambiente de polideportivo, de espacio sin vida y sin atractivo, repleto de luces de bajo consumo empotradas en el techo como si de un almacén se tratase....
Aquel local, que olía a madera, a café y a tiempo, se ha quedado en una suerte de bar de menú del día.

Recientemente ha ocurrido algo similar con una de los comercios más emblemáticos de San Sebastián, una tienda de menaje de cocina y de todo lo imaginable para la mesa. Los dueños se jubilaron y nadie continuó el negocio, cerró y al poco abrió una fría y desasosegante zapatería con pinta de franquicia, de paredes blancas y vacías. Aquel local, el original, era hermoso, su mostrador de madera, centenario, era digno de ver, sus estanterías arqueadas por el peso y el tiempo eran todo un símbolo. Aquel comercio no estaba, para nada, desfasado o fuera de lugar, seguía vendiendo cosas que todos necesitando. Quizás no se supo ver el potencial de conservar aquello aun cambiando legítimamente la actividad del negocio, o quizás sí se supo ver pero no interesó, mejor poner mucho pladur, muchas baldas donde quepan muchos zapatos y a rodar, que las rebajas están cerca.

Esta pequeña historia no es más que una anécdota en la enorme destrucción que se está llevando a cabo de locales y comercios que valdría la pena conservar, siendo además negocios rentables.
Esto ocurre en todas las ciudades y pueblos, hace poco escuché que el café Central de Madrid cierra en breve si no lo ha hecho ya.... Y al final ¿qué va ha quedar en las ciudades que tenga identidad propia?. Imagino que poca cosa, la franquicia es un tiburón que todo se lo come, y cuando la comida se termina, cierra y se traslada, es nómada, en el pero sentido. El patrimonio arquitectónico que supone el pequeño comercio, está olvidado, oculto por eso, por pequeño, pero goza, en ocasiones, de mucho valor, un valor que cada día es más difícil de encontrar.

Nada más.



Ambiente actual de La Unión Artesana.
Pido disculpas por la foto pero solo tenía a mano mi viejo móvil.